CONTAR CUENTOS: ARTE Y OFICIO.

CONTAR CUENTOS: ARTE Y OFICIO.

Contar es un arte. De una desnudez a menudo extrema, pero en mi opinión, un arte escénico con personalidad propia. Contar cuentos se institucionalizó en las últimas décadas, como estrategia de animación lectora para niños y niñas en la hora del cuento de las bibliotecas y de las escuelas. Qué astutas resultan algunas instituciones. No hay como marcar algo bajo el epígrafe “infantil”, para que se trivialice su contenido, se devalúe su reconocimiento artístico y por supuesto, se pague menos por un trabajo que lleva el mismo esfuerzo de creación, si no más, que aquellos destinados a un público adulto. Como los títeres o como los payasos y otras víctimas de esta marginación, los cuentos son especialmente poderosos, por su eficacia en la crítica social y en la transmisión de valores que rara vez encajan con la versión oficial. La adaptabilidad de la práctica de narrar historias es notoria entre otras manifestaciones artísticas por su capacidad de conectar y de mover los adentros de gentes de todo tipo de naufragios y sueños y casi, casi, en cualquier espacio y en cualquier lugar. Esto explica, al menos en parte, tanto su empecinada existencia como su invisibilidad.

En los últimos tiempos el arte de la narración oral, pisa la escena sin acabar de ser reconocido escénicamente ni por quien programa, ni por quién acepta pagar por ver un espectáculo ni, por supuesto, por la crítica especializada que no existe. Cenicienta de las artes escénicas, hermana pobre de la cultura, la narración oral busca definirse, delimitar su espacio: ¿literatura oral? ¿teatro? ¿instrumento pedagógico? ¿ritual chamánico ? Y sin embargo lo que le es propio precisamente son toda suerte de mestizajes artísticos. De la misma manera que la oralidad fue antes que la escritura y ahora la palabra hablada, en algunos foros tiene que dar garantías de que viene a defender o a exaltar o a animar la lectura de la palabra escrita, probablemente también la narración sea parte del origen sagrado y lúdico del teatro y aquí estamos, quienes vivimos del cuento, intentando que nos consideren teatro, en definitiva, que nos dejen ser. Mientras que a nivel de Estado, sigue vigente el debate a propósito de si existe o no una relación entre la narración oral y el teatro, y de existir cómo debiera ser, en otros países como Italia y gracias a las aportaciones de entre otros el genial Dario Fo, cuentacuentos, bufón y dramaturgo, este debate es impensable, porque la evolución escénica del teatro y de la oralidad ha corrido pareja.

Es cierto que la oralidad va -y también viene de- más allá del espectáculo. Es la memoria viva de los pueblos. Nos da raíces y alas. Nos trae las voces de nuestros antepasados, voces más antiguas que las piedras, que se actualizan para recordarnos quienes somos. Es el imaginario colectivo vivo pese a la revolución industrial y a la televisión y a que confundimos lamentablemente lo viejo con lo que ya no sirve. En la hipertecnológica era de las comunicaciones, sin embargo, los seres humanos nos sentimos cada vez más incomunicados. Por eso contar historias no es sólo un arte, es cada vez más un oficio con mayor demanda en todo tipo de foros. El escenario incluido. Creo que el público tiene derecho a escuchar cuentos y a hacerlo en las mejores condiciones posibles. Y aunque los y las profesionales del arte de contar hemos llegado a narrar dignamente en contextos a menudo indignos, aspiramos a hacerlo en espacios que no comprometan el resultado artístico de esta actividad. Tenemos derecho a que esta pasión nuestra de contar, de la que a duras penas conseguimos hacer un oficio, alcance algún día en el mundo de la cultura en general y en el de la escena en particular, la consideración y el reconocimiento que merece.

10 de abril de 2013.

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